Palabras encadenadas

Esas son palabras encadenadas...

Somos palabras encadenadas, tú y yo. Amarradas a una situación invisible que nos une en tiempo y lugar aunque físicamente no sepamos discernir realidad de sueño.
Echo de menos remangar el espacio y las horas, y estar contigo. En esos instantes donde el mundo solamente gira para nosotros dos. Porque seríamos capaces de detener la vida en un beso, en esos labios que cuando se atrapan son armonía delicada y pasión embravecida. Ser mirada el uno en el otro y despojar de vestiduras lo superfluo de nuestra existencia.
Porque cuando somos dos, realmente sumamos uno.
Y el horizonte se viste con esa piel desnuda que recorro suavemente cuando te deshago de aquello que la cubre del viento y de la brisa que al pasar nos lleva. Y no reparo en desprenderme de aquello que de ti me separa, porque no hay nada mas bello que erizarte el pensamiento, y regalarte las mismas sensaciones que siento a escasos milímetros de ti.
Somos palabras, y palabras encadenadas.
Las mismas que pronunciamos en gemidos cuando nos atravesamos con caricias ocultas y besos al aire. Iguales a las que escribimos con renglones torcidos cuando nuestros cuerpos se arremolinan buscando detener el aire que circunda el placer que en volandas nos lleva al ser acariciados. De la misma intensidad que un volcán cuando comienza a expulsar ceniza que quema y arde, son mis dedos en tu espalda trazando ilegibles garabatos infantiles, que acaban siempre aferrados a tu pecho, lugar de culto para mis manos y mi boca febril.
Porque en la sintonía de las caricias, somos cadena y mano, pie y argolla.
Porque someterte a mi razón y que domines mi voluntad es nuestro designio. Porque sentir el calor que desprendemos es solamente el principio que divide en capítulos nuestros encuentros. Ya las madrugadas son de luminiscencia trabada y los días son oscuridad perversa y pasión absolutamente desmesurada. No es necesario distinguir si tu cabalgas mi sexo o soy yo el que monta tu grupa. Porque ese vaivén que nos descontrola es magia blanca y gris al mismo tiempo. Y son tus jadeos mi música predilecta. Y son mis gritos ahogados los que derriten tu obstinación.
Porque la pasión nos pertenece, seremos palabras encadenadas.
Y de pie, contra el horizonte, hundiré mis sueños en ti. Y moveré mis caderas mientras te veo bailarme el viento que precede a esa carrera de velocidad que marcamos a ritmo salvaje y desesperado. Y la tierra prometida danzará para nosotros, y seremos conquistadores del universo paralelo que hay escondido en el centro de la vida. Y haremos del amor nuestro delirio prohibido.
Porque somos palabras encadenadas. Y no dejaremos de serlo. Porque los dos queremos ser. Y seremos mientras deseemos querer. Y correremos juntos, y nos desharemos juntos, y nos construiremos juntos. Unidos por el placer de amarnos, y amarnos por el placer que nos regalamos.
Porque somos palabras encadenadas. Y somos puerta entreabierta al designio divino que nos debe la vida. Tú y yo. Solamente, tú y yo…

Deseo A Ras De Piel

Deseo A Ras De Piel… Es eso precisamente lo que nos está atrayendo esta noche a ti y a mi. Esa sensación irrefrenable que malhiere y atormenta hasta que no eres capaz de dominarla por completo. Y en esta tercera parte, puede sentirse ese Deseo A Ras De Piel.

#DeseoARasDePiel

Y me dices

Y me dices...

Y me dices que te olvide.

Que trate de escapar de mi mismo, para después caminar sin ti.

Relegar a un plano inexistente tanta sensación vivida contigo.

Que envuelva en celofán gris aquellas caricias de tus manos, y las deje caer en una caja de cartón sin fondo.

Pero dime qué puedo hacer con tus besos marcados.

Qué recipiente sería capaz de albergar tanta pasión desmedida y tanta sinrazón acumulada.

¿Dónde guardo tu piel?

Aquélla que he vivido intensamente, que he disfrutado entre abrazos, que he recorrido con mis dedos, y que he deseado desde el principio.

Y me dices que te olvide.

Que arrastre mi pasión en otros brazos, cuando sabes que solamente tus manos son capaces de hacer música en mí.

¿Dónde almaceno el fulgor de tu mirada?

No existe desván ni alcoba, ni cesto, ni baúl, que puedan custodiar siquiera un solo instante en tus ojos.

Reflejo de sensualidad que me acompaña desde el mismo instante en que la vida te colocó en mi camino.

Porque sin forzar nada, derrumbaste la puerta que me separaba de experimentar lo que oculto quedaba al otro lado.

Y me dices que te olvide.

Que rechace tantas madrugadas.

Que sean pasto del olvido tantos amaneceres.

Que mueran en el fuego tantos y tantos instantes.

¿Cómo hacerlo, entonces?

Si el aire que respiro procede del aroma de tu piel.

¿Ya no recuerdas aquellos silencios rotos a besos húmedos y fascinantes?

¿Ya no sientes como palpita el deseo al primer fogonazo de placer?

¿Ya no?

O, ¿acaso pretendes decirme que cuando hacíamos el amor no eras tú la que arañaba mi espalda?

¿O, acaso quieres borrar cada vaivén de tus caderas en mi cintura?

¿O, acaso intentas convencerme que el goce y deleite que recorría tu vientre mientras me balanceaba dentro de ti, era fruto de sueños sin vivir?

¿O, acaso aspiras a que separe de mi pensamiento aquellos jadeos suplicándome que continuara bailando encima de tu cuerpo?

¿Por qué?

Por favor, dime por qué.

Porque no quiero que te conviertas en humo en la oscuridad, en brisa que desaparece, en el carmín de unos labios agrietados.

Y me pides que me olvide de ti.

Para serle infiel a lo que mi corazón recita cada atardecer.

Y obviar lo que es absolutamente cierto.

Pero me pides que me olvide de ti.

Y no sé hacerlo.

Y me pides que me olvide de ti.

Pero sigo sin saber qué hacer para lograrlo.

Y me pides que me olvide de ti.

Un suspiro de vida al océano de los imposibles, lugar de destierro para los que no queremos olvidar pero nos obligan a hacerlo.

Y me pides que me olvide de ti, soñando que aún estoy despierto…

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Al deseo encarnado

Y me preguntaste...

Anoche me preguntaste por qué.

Y mi respuesta fue un beso robado a la madrugada.

Un beso incierto, pero rebosante de certidumbre.

Como la realidad que refleja el otoño en tus ojos.

Tomé tus manos.

Volviste a preguntarme que por qué.

Y mi única respuesta fue entrelazar mis dedos con los tuyos.

Simple.

Sencillo.

Colmado de significado y veracidad.

De esas cosas que sientes que son reales y exentas de locura.

Porque no hay mayor fantasía que la que viste tu mirada de fiesta.

Como cada vez que nos encontramos a medio camino entre tu mirar y mi temblorosa calidez.

Y se erizó el presagio de una velada tensa.

Y encumbró el paisaje dibujado en blanco y negro en mitad de la noche.

Tu cuerpo fue presa.

Y también cazador de sensaciones ocultas en el mío.

Como dos locos sueltos en el parque del anonimato.

Paciencia y pacientes unidos por igual hilo de transparencia.

Y me preguntaste por qué.

Y entonces fue cuando desnudé tu cuerpo.

Desordené el equilibrio que sustentaba tus pasos calmados y sigilosos.

Una a una tu piel de despojó de enseres y ropajes.

Porque la unión de las almas comienza cuando los cuerpos se tratan de tu a tu.

Díscolo combate de supervivientes al deseo encarnado en el otro.

Tú en mi.

Yo en ti.

Y me preguntaste por qué.

Te invité a deslizarte entre las sábanas para buscar su cobijo.

Mientras me acomodaba en el otro lado de la febril resistencia.

Posé mis manos en tus piernas, simulando el vuelo de una mariposa asustada e indecisa sobre en qué tierra descansar.

Lentamente, me acerqué a ti mientras balanceaba mis manos en la parte superior de tus rodillas.

Sonidos guturales de tu interior abrieron la caja de las vanidades.

Y ruborizaste el clamor que avanzaba por mi cuello.

Y quisiste ser primeriza donde se acumulaba el placer aguerrido de una experta amante.

Acerqué mis caderas a tu vientre.

Y allí te sentí profana, maldiciendo a los dioses que te alejaban de mi.

Y como hiedra envenenada apuñalaste tus sentidos en mi espalda.

Grité de dolor.

Dolor y placer en simbiosis perfecta.

Y tomé tu melena oscura y pretenciosa.

Comí de tus labios el deseo concebido.

Arrastré mis manos rumbo a tu centralidad.

Me detuve.

El nácar de tus dientes se arremolinó en tu boca.

Adentré en el paraíso explorándote.

Como aquella primera vez.

Como aquella última.

Y escondí mis deseos en tu interior.

Y bailé sobre tus caderas al ritmo de una lambada de jadeos.

Agarré tu piel desesperado por derretirme y fundirme en ti.

Y gritabas.

Y yo, también.

Y eras lascivia enjaulada.

Y yo, también.

Y deseabas ser poseída una vez más.

Y yo, ser tu poseedor y amante.

Y volvías a gemir.

Y yo, también.

Y eras tierra conquistada.

Y yo, el conquistador.

Silencio.

Explosión de color y éxtasis milenario.

Te regocijas en el placer.

Y el vaivén que sobreviene nos cabalga a los dos.

Y es tu sexo apretándome el que me sumerge en la locura.

Eres tú.

Y soy yo.

Porque tú eres mi todo.

Y yo para ti, un susurro vertido a la brisa del mar.

Olvidarme, no puedo

Olvidarme, no puedo
Si te apetece, para una mejor experiencia de lectura, puedes escuchar esta canción mientras lees el texto.
Olvidarme, no puedo.
De ti, no puedo.
Lo que daría porque estuvieras aquí.
Ahora.
Y ver reflejada mi mirada en tus ojos caoba.
Vislumbrar que aún tienen vida por mi, en ti.
Cómo podría rechazar el recuerdo.
Aquellos instantes que dibujaron de llamas mi universo.
Un lugar donde peregrinar es tu cuerpo de mujer.
Y trasnochar bajo copas de alcohol y música con aroma a sensualidad.
Llegar a casa comiéndonos a besos en cada esquina.
Crear perversión del silencio que separa tu aliento de mis labios.
Abrazarte como si no existiera espacio ni lugar.
Porque en ti, el tiempo se vuelve vulnerable.
Tanto, que detiene su caminar mientras escribe una oda al deseo y a la locura.
Y en ese punto, desnudarnos de cualquier circunstancia.
Abrigarnos a la luz romántica y eterna de la luna y las estrellas.
Y provocar la tormenta de sensaciones que empieza a descargar bajo la atenta mirada de tus manos y las mías.
Y no poder contener el poderoso caminar de la excitación que deambula con altanería y descaro.
Rodea de su aura implacable e irresistible.
Cuerpos que ahora trazan de caricias cada movimiento y todo significado.
Deslizarme bajo las sábanas y enredarme en tu piel.
Pulsar la suavidad de tus manos que ascienden y descienden a su libre albedrío.
Dedos que marcan el dibujo a colorear de besos y humedad.
Recorrerte.
Detenerme a contemplar la reacción de tus pupilas al paso firme de halagos y zalamería.
Y escucharte.
Sentir en mis oídos el baile de canciones que tarareas en la oscuridad de la noche.
Notar como la sangre circula en mi interior y aumenta el punto de ebullición.
Porque yo también respiro cada vez con más cadencia.
Porque es tu danzar sobre mi cuerpo el que desata la furia que escondida pide paso a empujones.
Y eres tu la que yace entre mis brazos.
Y soy yo el que se desliza entre tus piernas.
Y somos los dos los que entendemos que es el momento.
Sinfonía clásica de gestos y miradas oscuras.
Porque deseo sentirme en ti.
Porque deseas sentirme en ti.
Y bailamos juntos.
Furia de besos y caderas.
Mimos imposibles.
Palabras átonas que sortean el viento y se posan en la ventana abierta.
Humedad que desata el sendero que ahora recorre tus piernas buscando donde posarse.
Y te separas de mi.
Creo entender qué estás pensando.
Mirada fija en un punto enhiesto.
Poseída por el diablo, advierto tu tensión.
La perversión puede leerse en tu boca.
Me miras y sonríes.
Ya está decidido lo que deseas.
Pronuncias la letanía que acompaña al sacrificio.
Y tus intenciones se posan en el lugar elegido.
Mi cuerpo convulso exclama clemencia.
Y más me arrullas y me habitas.
Y mi pasión se esconde en tu interior.
En ese lugar donde la vida y el tiempo se hacen el amor al mismo tiempo que tu y yo nos dejamos llevar por la excitación y el placer carnal y sentimental.
Y tomas mis manos.
Y las llevas a transitar por el arqueo de tu espalda.
Y saltas.
Y te mueves.
Y me haces enloquecer.
Tu cuerpo danza en mi cuerpo.
Y el deseo vuela de mi mente.
Y el éxtasis vaga por tu vientre.
Ese instante.
Ese.
Donde culmina el arte de ser deseado.
Donde acaba el placer de ser deseada.
Y gritas.
Y ahogo mis gritos entrelazando mis manos en tu piel.
Voces ahogadas que brotan impredecibles.
Dueños de la soledad que armaba el ambiente.
Dejas caer la levedad que atesora tu silencio.
Abrazo tu llegada.
Que el tiempo no vuelva a correr jamás.
Porque me has llevado a la eternidad.
Porque te he llevado a ser placer.
Y preguntas callada por qué olvidarme no puedo.
Respuesta sencilla.
Porque eres.
Eres.
Siempre fuiste.
Por eso, olvidarme no puedo.
Y tampoco quiero.
No quiero.
No.
Jamás…

Llama que no cesa

 

Para una mejor experiencia de lectura, dale al play mientras lees…
Si te apetece, claro… 😉
Llama que no cesa.
Fábula que derrama fragancia a madrugada.
Tu alrededor alienta mis sentidos.
Quema aquello que perturba mi razón.
Y me desliza suavemente.
Para volar en derredor.
Círculos que me aproximan a tí.
A tu esencia.
A tu boca.
Y avivas esa llama que no cesa.
Respiración furiosa que enardece el calor que asciende entre suspiros.
Latidos que acechan en la sombra convertidos en oración e imploro.
El tacto de tu piel abrasa mi deseo.
Calienta mi sangre y me hace delirar.
Balbuceo improperios insignificantes.
Grito por alcanzarte.
Porque te deseo.
Porque me afano en suspirarte.
En beber de ti.
De esa flor que en tu cuerpo nunca marchita.
Siento que estallo si mi piel no te ruega una cita.
Ese ardor que dilata mis pupilas y emborrona tu imagen en el espejo.
Ya estoy más cerca.
Piel enrojecida que avanza desesperada.
Y continúas siendo esa llama que no cesa.
Jamás he visto el frío en tu mirada.
Porque placer circunda tus manos.
Y provoca.
Éxtasis que quiero alcanzar dentro de tí.
Permíteme entrar en el último nimbo.
Y escalar peldaño a peldaño la humedad que jalona tu figura.
Anillo que engalana tu cintura.
Y que ahora me rodea y me anuda a tu aliento.
El cortejo está presto.
Tu cuerpo en actitud desafiante.
Eres llama que no cesa, mi perversa tentación.
Y tu espalda arquea en jadeos para recibirme.
Sagrario de cancela y pontón.
Dispuesto a ser profanado.
Es mi deseo interminable el que doma tu apostura.
Y me abrasas.
Incendias mi porvenir.
Y me envuelves a impulsos.
Dibujando el cadalso fugaz de la pasión.
Y me tienes a tu merced.
Febril y amarrado a tu horizonte.
Porque ya soy tuyo.
Y me gritas.
Palabras de amor y ensoñación.
Y me susurras que me deseas.
Tanto como yo a tí.
Y me exiges mas fiereza.
Aquella que anida en silencio dentro de mí.
Y me tomas las riendas como indómita criatura.
Corcel que desbocado asalta el dintel de la fantasía.
Y muerdes tu corazón.
Me hablas del infierno.
Me liberas de la diáfana cadena que me ata al pasado.
Y te apresuras a cazarme.
Y sientes que mi cuerpo se deshace en tu interior.
Luchas por mantenerme en retaguardia.
Y enlazas mis manos a las tuyas.
Posas tu fuerza en el vaivén que suscita la melodía de nuestros cuerpos al bailar acompasados.
Y me conviertes en fuego.
En ascua y ceniza en tu vientre.
En un incendio intencionado que propaga éxtasis y desenfreno.
Eres llama que no cesa.
Ese placer que nunca vuelve en solitario.
Esa templanza que arde en el viento.
Ese destino que quisiera abrazar cada vez que mis ojos ven la luz.
Qué sería de mi sin la templanza de tus besos.
Llama que no cesa.
Tú.
Mi seductor y tibio fuego…

Adrien, un bohemio en París

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La vida de un bohemio en París era un rescoldo de sensaciones maravillosas. Un escritor en la ciudad del amor por excelencia era un verdadero descaro para una existencia por y para las letras. A curar heridas del pasado, a olvidar aquellos días de infortunio y de estrellas apagadas. Era el momento preciso de volar en solitario y buscar bajo la Torre Eiffel un destino que hasta ese instante pintaba del color de un cielo grisáceo y nuboso. Allí pensó Adrien que sería para siempre. Sin vendas ni “te quieros” sin voz. Allí debería ser feliz y encontrar el amor que se le había resistido en un abanico de disparates inventados. Una vida que derramaba existencialismo y sensualidad por cada poro de una piel que empezaba a desgastarse por la soledad, esa amiga íntima que la acompañaba como una sombra negra al contacto con el astro sol.

Vivía en un pequeño apartamento en el centro de la capital francesa. Desde allí podía divisar con cierta claridad Quartier des Champs-Élysées. Era uno de los lugares favoritos para deshacerse de sí mismo y reencontrarse con sus personajes y las vivencias que nacían de su estilográfica de color negro y tinta oscura con trazos maestros. Libreta acordonada en mano, libraba miles de batallas que luego transcribía en su vieja Olivetti colocada bajo la ventana del pequeño salón que cerraba la estancia donde trataba de conseguir las historias perfectas.

No le había ido del todo mal. Con un terceto de obras publicadas había conseguido hacerse hueco entre la aristocracia parisina y, por ende, acomodado con soltura en el selecto grupo de literatos que dominaban el mercado. El escritor era bien parecido, de cabello oscuro y ojos color miel, tez bronceada y facciones duras pero al mismo tiempo sensuales. Alto, vestido de Yves Saint Laurent, su marca de ropa selecta y preferida, siempre paseaba inmerso en sus pensamientos y tribulaciones. Cabeza alta y mirada perdida en algún punto fijo delante de sus ojos escondidos bajo una montura de color azabache creada en exclusiva para él por la firma de Paco Rabanne.

La primera parada siempre era el Café de la Paix, donde desayunaba en la maravillosa compañía de un libro que siempre llevaba en su mano izquierda. Al entrar, una primera mirada hacia la barra. Caminaba despacio en busca de una mesa que “de facto” era ya de su propiedad. Al sentarse y quitarse la gabardina y dejarla con esmero en la butaca contigua, volvió a fijar sus ojos en la dirección correcta. Pero esta vez no le hizo falta enfocar demasiado porque en la corta lejanía pudo descubrir caminando hacia su posición una de las razones por las que siempre elegía ese local para sus descansos matutinos.

“Buenos días, señorita. Un placer verla de nuevo”- decía con un perfecto acento francés. A lo que ella, evidentemente nerviosa, le respondía con su voz aterciopelada: “Buenos días, señor. Un placer volver a verle por nuestro café”.

Unas miradas que sin decir nada en apariencia eran suficientes para deducir que la atracción era muy evidente entre tendera y cliente, entre escritor y camarera. La tensión sensual y sexual que se percibía era signo claro de lo que más temprano que tarde acabaría sucediendo.

Esta especie de noviazgo de día a día continuó en el tiempo. Los dos se habían acomodado a un juego de seducción donde cada uno tenía muy claro el papel que debía interpretar. Ella, avergonzada y coqueta; él, seductor e increíblemente educado en su papel de caballero andante.

Una mañana, mientras Adrien llegaba al café para seguir el ritual costumbrista, una llamada de teléfono le interrumpió. Justo antes de entrar, el escritor dio media vuelta y regresó sobre sus pasos. Al parecer, la fase final de la edición de su nueva novela estaba dando algún que otro quebradero de cabeza. Contrariado, ni siquiera miró a través del cristal por donde normalmente vislumbraba a su camarera favorita.

Pasó el día de reunión en reunión, sin tiempo para probar bocado. Sin embargo, sus pensamientos se habían marchado rumbo al café donde Chloé, que así se llamaba ella, continuaba trabajando. La jornada estaba llegando a su fin. Tras terminar su turno, Chloé salió del local. Una estridente y abrumadora tormenta estaba descargando en esos momentos en el centro de París que, a diferencia del ritmo vertiginoso diario, ahora permanecía entre las sombras que el alumbrado público proporcionaba a esa zona de la capital. Adrien, libre ya de las ataduras que le esclavizaban al trabajo, decidió ir en su busca. Recordaba que en una de sus conversaciones ella le había comentado que siempre salía a la misma hora. Miró su reloj, y apremió al chofer para que acelerara la marcha. Quería verla. Chloé se había convertido en una necesidad, y ahora mismo él se encontraba presto a necesitarla. El escritor bohemio y solitario estaba cerciorándose de que algo estaba cambiando. O mejor dicho, alguien estaba haciendo que sustituyera una parte de su mundo por otro tipo de dádivas.

El coche de alta gama paró justo enfrente del café. Adrien pudo descubrir una sombra justo debajo de la puerta que permitía el acceso. Daba la sensación de encontrarse abatida. No se lo pensó un segundo, y bajó la ventanilla de cristal oscuro que lo separaban del mundo real.

“¿Chloé? ¿Estás bien? Llueve mucho. Ven conmigo, que te llevo a casa”– le dijo Adrien preocupándose por ella. El corazón había logrado serenarse. Pero si ella subía al coche, las pulsaciones volverían a acelerarse rápidamente.

“No se preocupe, Adrien. Enseguida llega el taxi y me iré a casa…”.- le contestó ella con la boquita pequeña.

Pero Adrien no estaba dispuesto a que Chloé esperara más bajo la fina e intensa lluvia. Bajó del coche y tras un par de zancadas se encontró de bruces con ella. Chloé permanecía con la cabeza baja, como a la defensiva; si le miraba a los ojos sería su perdición. Él, tomándola del mentón hizo que ascendiera su mirada hasta toparse con la suya. Milésimas de segundo fueron suficientes para un concierto de sensaciones en “do mayor”. Adrien agarró su  mano a conciencia y fueron directos al coche. El chofer, presto a la situación, estaba esperando en la puerta trasera del vehículo. Aceleraron el paso y entraron en el coche. Chloé se había dejado llevar. No habría podido resistirse aunque lo hubiera intentado. La sola presencia del escritor la llevaba en volandas hacia un universo de sensualidad y pasión que no había conocido jamás.

Una vez en el interior del automóvil, el silencio captó miradas, movimientos y evasiones de suspiros. Cabellos empapados, gotas de lluvia recorriendo mejillas y resbalando por unos labios fuertes y apretados en él, y por otros carnosos y sensuales en ella. Cada uno miraba a la ventana que tenía mas cerca, como queriendo evitar un cruce a todas todas inevitable. Pero lo que tenía que llegar, llegó. Casi al unísono, los dos se giraron y sus ojos embalsamados de deseo se encontraron en un punto de no retorno. Adrien suspiró. Tan leve y fugaz que Chloé no llegó a darse cuenta de ello. El escritor estaba convirtiéndose en uno de los personajes de sus novelas; de esas historias que cada noche elevaban a su partenaire al cielo de la fantasía. Él, desabrochó su cinturón de seguridad y se acercó aún más a ella. En un gesto instintivo, y para poder contemplar mejor la profundidad de los ojos de Chloé, Adrien retiró con los dedos de su mano derecha un mechón de cabello que solitario vagaba fuera de su lugar de procedencia. Lo colocó donde no debió partir y dedicó una de sus mejores sonrisas. Asiento trasero de un coche de lujo, una mujer preciosa a su lado, cuerpos mojados por la lluvia nocturna de una ciudad como París… Él, muchísimo más cerca de ella, susurró:

“¿Adivinarías lo que estoy pensando en estos momentos, chérie…?”.- acertó a decir en voz baja y sexy.

Adrien notó que Chloé estaba desarmada. Sus palabras habían tenido el efecto que él había pensado que tendrían. Ella se encontraba a su merced, como presta a un sacrificio en el que sería ofrenda principal. En un acto involuntario, Chloé se mordió ligeramente los labios. Él se percató de la escena. Una llama poderosa lo recorrió de principio a fin…

“Señorita, si vuelve a hacer eso…”.- acertó a decirle mientras notaba como su excitación aumentaba por momentos.

Ella volvió a bajar la mirada, y Adrien volvió a su lugar, abrochando de nuevo el cinturón. En pocos minutos llegaron al piso donde ella se alojaba. Ella salió del coche con celeridad. Si demoraba ese instante, no sabría que podría pasar.

“Buenas noches, Chloé. Mañana la veo en el café, ¿de acuerdo?…”

Los pasos femeninos se perdieron en el portal mientras el coche se alejaba acelerando hacia un nuevo destino. Adrien se dejó caer en su asiento, mientras rememoraba el apasionante y sentido encuentro con la camarera que le quitaba el sueño por las noches, y le daba la vida a diario en el desayuno.

Esa noche, el escritor se sentó delante de su máquina de contar historias. Acomodó sus dedos en las teclas, y comenzó ese baile sonoro y díscolo que le llevaría a crear realidad y ficción mezcladas entre sí. Una pequeña libreta a su derecha y su estilográfica para anotar los detalles de un encuentro deliberadamente pasional. No quería olvidar ningún gesto, ningún movimiento, ningún desaire, ningún suspiro, ningún cruce de miradas, ninguna palabra… Y al escribir, Adrien notaba que su excitación ascendía. El pulso acrecentaba su ritmo y su respiración tornaba entrecortada. Esa noche, entre dimes y diretes, entre signos de exclamación y letras, entre él y ella, entre ella y él, Adrien escribió parte de una historia que tendría el capítulo más importante un poco más adelante.

Los encuentros entre el Adrien y Chloé se sucedieron en el tiempo. El escritor estaba viviendo en primera persona una historia de amor como las que plasmaba en sus historias de invención particular. E intuía que ella se sentía como las princesas de los cuentos infantiles. Esa relación madura y juvenil que los atrapaba los hacía particularmente envidiados. Y es que cuando el amor flota en el ambiente es casi imposible abstraerse de su poder e influencia. Aunque no quieras, te arrastra. Y con él, vives de nuevo una fantasía apasionante.

Tiempo adelante y tras una relación marcada por el amor y el deseo entre ambos, Adrien fue invitado a la inauguración de una exposición de pintura, de la que Chloé era la convocante y organizadora. Tras dejar su trabajo anterior, se centró de lleno en lo que realmente llenaba su vida profesional: una galería de arte. Gracias a los contactos de Adrien y a su visión artística y cultural fuera de serie, consiguió en breve lapso ser una de las galerías más prolíficas e importantes de la ciudad. Cuidaba los detalles al máximo, y no dejaba prácticamente nada a la improvisación. Y eso se notaba en cada una de las exposiciones que anteriormente había programado: siempre un éxito de público y ventas. En esta ocasión, la autora de las obras se llamaba Roxanne, una joven que atesoraba un talento envidiable y que mostraba al público una colección de pintura erótica que, en palabras de Chloé, iba a ser maravillosa. No en vano, en una velada privada que organizó unas jornadas antes, los asistentes al acto quedaron asombrados de la fuerza, visión, ambiente y estructura de los lienzos emanados de la joven artista.

La mañana del día del estreno al público en general, Adrien regresaba de una gala de presentación de su último trabajo en la Cerdeña. Como sus anteriores novelas, cosechó bastante éxito de ventas y de crítica, tanto especializada como general. Estaba convertido ya en un autor muy leído dentro y fuera de las fronteras del país galo. Llevaba un par de semanas sin estar al lado de Chloé. Y deseaba estar junto a ella. Ese ímpetu por verla de nuevo le hacía estar incluso algo irascible; aunque sabía que, una vez a su lado, todo cambiaría, transformándose en amor perverso, cariño lascivo y deseo lujurioso. Adrien elucubraba con qué vestido le sorprendería esta vez su amante y compañera. Ella conocía perfectamente que al escritor le encantaba provocarla cuando se encontraban en compañía de otras personas, y que llevaban esas fantasías de pareja a unos límites que solamente ellos eran capaces de entender y practicar. Aunque en ocasiones les había llevado a traspasar ciertas líneas que hubieran acabado por causarles más problemas que placer.

Adrien, nada más aterrizar y sin tiempo para nada más, tomó su limusina de costumbre y marchó rumbo a la galería de arte. Tenía los minutos contados para llegar a tiempo a su cita compartida con Chloé y el resto de invitados al evento. Como de costumbre, envió otro coche a la vivienda de su chica para que la llevara en volandas, como a él, a la exposición. Mientras recorría las calles infestadas de tráfico, el escritor fantaseaba. Cerraba los ojos y se dejaba llevar por ella. No era muy propenso a hacerlo, pero cuando la excitación aumentaba su poder, en un gesto involuntario, mordía su labio inferior. Era signo inequívoco de que la líbido estaba alcanzando un nivel alto. Volviendo a la realidad, quería vislumbrar la reacción de Chloé cuando al subir al coche encontrara una botella bien fría de Moët y una rosa roja fresca y hermosa en el asiento contiguo. Sabía que ese tipo de detalles, a ella, le fascinaban. Cómo le hubiera gustado ver por un resquicio como se introducía dentro del coche tratando de arreglárselas con ese vestido de su elección.

Minutos más tarde, Adrien llegó a la galería. Ajustó su chaqueta, la corbata y colocó las gafas en su lugar correcto. Al entrar, una pequeña mirada panorámica para observar el paisaje humano. Aunque sus ojos ya estaban fijos en un objetivo: lograr descubrir a Chloé entre esa minúscula multitud. Cuando pudo localizarla, su media sonrisa giró por completo y su gesto se tornó malicioso y tremendamente perverso. Chloé vestía de color rojo que adornaba de una forma sublime cada centímetro de un cuerpo construido para el goce y el placer. Ella estaba hermosísima, además de atractiva y seductora.

Adrien se mezcló con los marchantes de arte que encontraba a su paso para que Chloé no reparara en su presencia. No aún. Una vez cerca de ella, y sin que se percatara de que allí se encontraba, tomó su mano derecha y acarició de forma sutil y delicada su cuello. El escritor daba comienzo a su juego de seducción. Se acercó más y pegó su cuerpo al suyo, de forma que la presión entre ambos comenzó a causar un efecto inmediato.

“El aroma que desprende perturba mis sentidos, señorita…” – le decía Adrien mientras se embriagaba con la aromática presencia de su amada. “¿No le llena de deseo sentirse de esta forma, tan cerca de mi…?” – a lo que ella solo podía corresponder con un suspiro…

“Si supieras cuánto te he echado de menos, mi amor…” – alcanzaba a responder ella, mientras él se pegaba más para sentir el tacto de la tela de su vestido en su pantalón.

Antes de que ella pudiera articular palabra alguna más, Adrien besó sus labios con sutil maestría. Pero al separarse de ellos, mordió el labio inferior de Chloé para causar en ella un efecto devastador. Estaban empezando a excitar sus cerebros. Pero tenían que comportarse. Aplacar el deseo y aparcar esas sensuales sensaciones que la química manifestaba a borbotones.

La velada artística continuó entre miradas, guiños, palabras a contratiempo e invitaciones a lo que realmente estaban esperando: la llegada a casa y la explosión de deseo contenido que manaba de cada poro de su piel. El evento terminó siendo un éxito total. Chloé salió entusiasmada y feliz por haber logrado su propósito. Adrien, por fin dueño de la situación, se entregaba a la imaginación. Dejó que ella apoyara su cabeza en su hombro mientras caminaban hasta el coche. Él recitaba poemas antiguos; ella escuchaba atentamente la dulce y sensual voz de su amante.

Una vez que Chloé giró la llave de la puerta de entrada a su casa y estuvieron dentro los dos, la desesperación se apoderó de ellos. Adrien la inmovilizó con pasión contra la pared. Ella gimió al verse sorprendida, pero se dejó hacer. El escritor acariciaba el cuerpo de su mujer por encima del vestido no dejando libre ningún centímetro de ropaje. Sus labios quedaban presos entre sus bocas, y las lenguas murmuraban deseo mientras jugaban a buscarse y a encontrarse de nuevo. Pequeñas mordidas conseguían que aumentaran la temperatura de sus caricias. Permanecer a escasos centímetros uno del otro se convertía en el dintel de la puerta a las sensaciones, al placer mutuo, a la perversión innata y a la lujuria contenida.

– “Mi perverso amor. Te deseo…”.- susurraba Adrien mientras levantaba el maravilloso vestido rojo que portaba Chloé.

Mientras ascendía, sus piernas iban quedando desnudas delante de sus ojos. Él no se detenía un instante mientras observaba los gestos que el cuerpo de su amante le regalaba. Al llegar a la cintura y dejar sus nalgas al descubierto el escritor, poseído por una excitación creciente, tomó a su chica de las caderas elevándola del suelo, apretándola contra sí para que sintiera el grado de excitación que ya portaba. Observó a su alrededor intentando localizar un lugar para posarla. Alcanzó a ver el sofá, y entre besos apasionados, risas cómplices y susurros subidos de tono, los dos cayeron en los cojines del “canapé de couleur rouge”. A Adrien le encantaba jugar con Chloé. Y llevarla al límite era uno de sus juegos favoritos. Besos entrelazados, lenguas juguetonas, y aderezos de lascivia poseedora de éxtasis infinito. Los besos que dirigía el escritor poseían tal profundidad que a ella le costaba seguir ese ritmo envolvente y arrebatador.

En mitad de esa sesión húmeda y sexy, Adrien y Chloé miraron hacia la ventana. Detuvieron su ritual unos instantes y se miraron a los ojos. La perversión quedaba reflejada en sus pupilas.

“Mi amor, parece que nuestra amiga perversa nos está observando de nuevo…”.- mascullaba Adrien mientras se dejaba hacer por los besos de Chloé.

“Lo se, cariño mío. Hagamos que disfrute como nunca…”.- le dijo ella mientras se volvía a morder el labio inferior.

Volvieron a mirarse fijamente. Ella conocía el siguiente paso a seguir. Adrien marcaba el ritmo con sus ojos, sus gestos, su lenguaje no verbal. Y Chloé era una alumna muy aventajada. Tras volver a morder el labio, apartó con sutil elegancia los tirantes de la lencería exquisita que rodeaba su pecho. Tomó las copas del sujetador con las manos recreando la atención de su amante. Adrien se lanzó voraz a lamerlos, dándole toda clase de besos y mordidas. Logró en segundos que quedaran prestos a ser excitados en una sinfonía exótica de caricias y jugueteos. Al mismo tiempo, una de sus manos, posada con estratégica misión, se deshacía en caricias por encima de esa braguita negra que cubría el arco del placer. Chloé estaba abandonada al sinuoso camino lascivo que su amante le regalaba. Arqueó su espalda mientras apretaba con sus manos su cabeza contra su pecho. Sus ojos cerrados, respiración entrecortada y sus gemidos tímidos pero poderosos ponían más en jaque el ardor del escritor.

Llegaba el momento de ella. Era el instante en el que Chloé tomaba el control; y Adrien se dejaba hacer. Estaba excitadísimo. Y ella lo notaba. Se acercó a su hombre y caminó en redondo mirándole con absoluto deseo. Se colocó delante. Puso uno de sus dedos en su boca y lo introdujo en su interior. Lo lamía y relamía con maestría. El gesto de Adrien era de excitación absoluta. Y ella lo sabía. Se acercó a él. Empezó a desanudar la camisa jugando con la lentitud de sus movimientos, calculando los tiempos y notando que el deseo crecía y crecía dentro de los dos. Chloé se postró ante él. El escritor estaba que no podía aguantar más. Necesitaba sentir. Deseaba sentir. Y ella estaba a punto de cumplir sus deseos. Le bajó el pantalón y quedó delante del abultado miembro que se adivinaba escondido en el interior de su ropa íntima.

Adrien le ayudó a levantarse y empezó a besarla de nuevo. Chloé incrementaba el ritmo, y el escritor por su parte, la cadencia y la profundidad de sus requiebros. Él quedó contra la pared, mientras ella lo empujaba con sus caderas. Vientre y sexo jugaban a golpear la piel. En un movimiento rápido y certero, él la volteó. En ese instante era ella la que de espaldas quedaba inmóvil contra el muro. Adrien le besaba el cuello mientras acariciaba las nalgas de su amante por encima de la lencería de encaje de color negro que resguardaba su placer. Ella gemía y jadeaba suplicando entre caricias que la penetrara de una vez por todas. Él, apartó ligeramente la braguita e introdujo uno de sus dedos en el interior de su sexo. Ella murmuró algo ininteligible. Pero, por como retorcía su cuerpo al baile que le estaba produciendo su hombre, se notaba que estaba disfrutándolo. Prisionera del placer que le producía Adrien, Chloé trataba de desenlazar sus manos para poder acariciar a su amante. Él, observando a su amada, la dejó libre. Y ella aprovechó la ocasión para besar y acariciar cualquier resquicio de su piel.

Adrien tomó de la mano a su mujer y juntos se acercaron al sofá de cuero de color blanquecino que dominaba la estancia. La apoyó en él y con cierta brusquedad rasgó la tela de la lencería dejándola completamente al descubierto. Chloé emitió un pequeño grito y ávida de deseo atrajo para sí a su hombre.

“Mi amor, deseo que me hagas el amor...- le susurró ella entre jadeos…

Casi sin haber terminado de pronunciar, Adrien embistió con fuerza y penetró a Chloé sin piedad. Ella volvió a gritar. Pero esta vez mucho mas fuerte. Del placer absoluto que sintió parecía faltarle el aire para poder respirar. El escritor se movía dentro y fuera con una cadencia acompasada. Ella, agarrada a sus caderas, acompañaba cada furia con sus manos. El ritmo se incrementaba por momentos; él, cada vez bailaba más duro y ella sentía que la llenaba por completo. Él, apoyaba sus manos en el pecho de su chica, y pellizcaba en alguna ocasión. El clímax estaba llamando a la puerta. Adrien y Chloé estaban sumidos completamente en el placer sexual de un coito inolvidable.

Cuando la culminación de la cabalgada estaba llegando a su final, ambos miraron a la ventana. Su voyeur indiscreta estaba observando como hacían el amor en el sofá. Esa circunstancia hizo que el placer que estaban sintiendo los consumiera más y más. Más y más.

En un instante los espasmos seminales de Adrien dieron paso a un orgasmo tan brutal como placentero. Chloé llegó al clímax en medio de las embestidas que llevaron al escritor a la cima del éxtasis.

Él se dejó caer encima de ella, que lo abrazó con ternura, totalmente enamorada.

“Je t’aime…”.- le regaló ella entre susurros…

Adrien se levantó del sofá, y desnudo, fue a por dos copas de vino. Los dos sabían por quién iban a brindar en ese momento. Se levantaron y fueron acercándose a la ventana. Una vez allí, libres de atuendos y totalmente desinhibidos alzaron su copa en dirección a aquel ventanuco indiscreto. Cuando observaron que su partenaire alzaba una copa como ellos, las hicieron chocar logrando ese característico sonido, y se fundieron en un beso cálido, húmedo y sensual que ponía el broche de oro a unos instantes de placer, deseo, éxtasis y perversión absolutamente fatal que habían compartido junto a su admiradora voyeur.

Al acabar el vino, Adrien tomó en brazos a Chloé, y en el camino a la cama, le susurraba pasajes de la novela que acababa de salir a luz…