Y entonces, apareció

Y entonces, apareció

Y entonces, apareció.

Crucé la calle mirando a ambos lados, y allí se encontraba. Con esa sonrisa de fin de semana bien puesta en su lugar y con los ojos algo cansados de una semana repleta de madrugones y guerras sin cuartel. Beis y marrón sus colores, procurándole un aire de otoño que a mi siempre me fascina.

Esa mirada limpia y llena de matices, de una mujer hecha, fuerte y guerrera, que también se desmorona como un castillo de naipes al contacto con el aire fuerte, pero que es capaz de soportar la carga impasible de recomenzar y construir de nuevo.

Dos besos, uno en cada mejilla. Una bienvenida tan cálida como emocionante. Porque las cosas son perfectas porque son sencillas. Y en la sencillez, anida la perfección. Otra sonrisa. Me enloquece. Sabe de sobra el efecto de ese gesto normalizado: me atropella y me vuelve vulnerable. Y lo repite constantemente, en un sinuoso camino que con certeza acabará por embobarme. Sí. Conseguirá destinar mi voluntad a lo que ella quiera. Juega con esa ventaja.

Y lo sabe.

Es consciente.

Y me encanta.

Buscamos la soledad de un café a mediodía, en un lugar cercano a unicornios blancos de peluche y a puzzles infinitos de muñecas. Se sienta frente a mí, y fija sus ojos en el nerviosismo que pulula sobre mis hombros.

Sí.

Lo sabe.

Sigue jugando con ventaja.

Su mirada es fascinante. Tiene tal poder que sería capaz de abrasarme en ella. Me cuenta sus cosas, sus devaneos y sus curiosidades. La escucho con el placer que me produce el sonido de sus palabras en mis oídos. ¿Y cuando ríe? ¿Habrá algo más mágico que escucharla reír? Podría resultar egocéntrico, pero creo que se alegra de verme, de compartir conmigo una taza de un mejunje oscuro aderezado con unos minúsculos granitos de azúcar blanco. Me deja leer su corazón, y ahí termino por sucumbir. Lo que ahí hay escrito merece al menos ciento cincuenta novelas. O quizá más. Porque es una mujer preciosa por dentro.

Nos devolvemos carcajadas al compás. Ese ritmo que marca la indivisible verdad que une a dos personas que se respetan, se admiran y se aman. Y yo tengo la infinita y absoluta suerte de ser uno de sus amigos; posiblemente, el más pequeño, el que menos puede aportarle. Pero en definitiva, su amigo.

Terminamos enseguida. Otro par de besos y las ilusiones intactas y envueltas en papel rojo a lomos de unicornios blancos con cuernos amarillos.

Gracias por tanto en tan poco.

 

Palabras encadenadas

Esas son palabras encadenadas...

Somos palabras encadenadas, tú y yo. Amarradas a una situación invisible que nos une en tiempo y lugar aunque físicamente no sepamos discernir realidad de sueño.
Echo de menos remangar el espacio y las horas, y estar contigo. En esos instantes donde el mundo solamente gira para nosotros dos. Porque seríamos capaces de detener la vida en un beso, en esos labios que cuando se atrapan son armonía delicada y pasión embravecida. Ser mirada el uno en el otro y despojar de vestiduras lo superfluo de nuestra existencia.
Porque cuando somos dos, realmente sumamos uno.
Y el horizonte se viste con esa piel desnuda que recorro suavemente cuando te deshago de aquello que la cubre del viento y de la brisa que al pasar nos lleva. Y no reparo en desprenderme de aquello que de ti me separa, porque no hay nada mas bello que erizarte el pensamiento, y regalarte las mismas sensaciones que siento a escasos milímetros de ti.
Somos palabras, y palabras encadenadas.
Las mismas que pronunciamos en gemidos cuando nos atravesamos con caricias ocultas y besos al aire. Iguales a las que escribimos con renglones torcidos cuando nuestros cuerpos se arremolinan buscando detener el aire que circunda el placer que en volandas nos lleva al ser acariciados. De la misma intensidad que un volcán cuando comienza a expulsar ceniza que quema y arde, son mis dedos en tu espalda trazando ilegibles garabatos infantiles, que acaban siempre aferrados a tu pecho, lugar de culto para mis manos y mi boca febril.
Porque en la sintonía de las caricias, somos cadena y mano, pie y argolla.
Porque someterte a mi razón y que domines mi voluntad es nuestro designio. Porque sentir el calor que desprendemos es solamente el principio que divide en capítulos nuestros encuentros. Ya las madrugadas son de luminiscencia trabada y los días son oscuridad perversa y pasión absolutamente desmesurada. No es necesario distinguir si tu cabalgas mi sexo o soy yo el que monta tu grupa. Porque ese vaivén que nos descontrola es magia blanca y gris al mismo tiempo. Y son tus jadeos mi música predilecta. Y son mis gritos ahogados los que derriten tu obstinación.
Porque la pasión nos pertenece, seremos palabras encadenadas.
Y de pie, contra el horizonte, hundiré mis sueños en ti. Y moveré mis caderas mientras te veo bailarme el viento que precede a esa carrera de velocidad que marcamos a ritmo salvaje y desesperado. Y la tierra prometida danzará para nosotros, y seremos conquistadores del universo paralelo que hay escondido en el centro de la vida. Y haremos del amor nuestro delirio prohibido.
Porque somos palabras encadenadas. Y no dejaremos de serlo. Porque los dos queremos ser. Y seremos mientras deseemos querer. Y correremos juntos, y nos desharemos juntos, y nos construiremos juntos. Unidos por el placer de amarnos, y amarnos por el placer que nos regalamos.
Porque somos palabras encadenadas. Y somos puerta entreabierta al designio divino que nos debe la vida. Tú y yo. Solamente, tú y yo…