Al deseo encarnado

Y me preguntaste...

Anoche me preguntaste por qué.

Y mi respuesta fue un beso robado a la madrugada.

Un beso incierto, pero rebosante de certidumbre.

Como la realidad que refleja el otoño en tus ojos.

Tomé tus manos.

Volviste a preguntarme que por qué.

Y mi única respuesta fue entrelazar mis dedos con los tuyos.

Simple.

Sencillo.

Colmado de significado y veracidad.

De esas cosas que sientes que son reales y exentas de locura.

Porque no hay mayor fantasía que la que viste tu mirada de fiesta.

Como cada vez que nos encontramos a medio camino entre tu mirar y mi temblorosa calidez.

Y se erizó el presagio de una velada tensa.

Y encumbró el paisaje dibujado en blanco y negro en mitad de la noche.

Tu cuerpo fue presa.

Y también cazador de sensaciones ocultas en el mío.

Como dos locos sueltos en el parque del anonimato.

Paciencia y pacientes unidos por igual hilo de transparencia.

Y me preguntaste por qué.

Y entonces fue cuando desnudé tu cuerpo.

Desordené el equilibrio que sustentaba tus pasos calmados y sigilosos.

Una a una tu piel de despojó de enseres y ropajes.

Porque la unión de las almas comienza cuando los cuerpos se tratan de tu a tu.

Díscolo combate de supervivientes al deseo encarnado en el otro.

Tú en mi.

Yo en ti.

Y me preguntaste por qué.

Te invité a deslizarte entre las sábanas para buscar su cobijo.

Mientras me acomodaba en el otro lado de la febril resistencia.

Posé mis manos en tus piernas, simulando el vuelo de una mariposa asustada e indecisa sobre en qué tierra descansar.

Lentamente, me acerqué a ti mientras balanceaba mis manos en la parte superior de tus rodillas.

Sonidos guturales de tu interior abrieron la caja de las vanidades.

Y ruborizaste el clamor que avanzaba por mi cuello.

Y quisiste ser primeriza donde se acumulaba el placer aguerrido de una experta amante.

Acerqué mis caderas a tu vientre.

Y allí te sentí profana, maldiciendo a los dioses que te alejaban de mi.

Y como hiedra envenenada apuñalaste tus sentidos en mi espalda.

Grité de dolor.

Dolor y placer en simbiosis perfecta.

Y tomé tu melena oscura y pretenciosa.

Comí de tus labios el deseo concebido.

Arrastré mis manos rumbo a tu centralidad.

Me detuve.

El nácar de tus dientes se arremolinó en tu boca.

Adentré en el paraíso explorándote.

Como aquella primera vez.

Como aquella última.

Y escondí mis deseos en tu interior.

Y bailé sobre tus caderas al ritmo de una lambada de jadeos.

Agarré tu piel desesperado por derretirme y fundirme en ti.

Y gritabas.

Y yo, también.

Y eras lascivia enjaulada.

Y yo, también.

Y deseabas ser poseída una vez más.

Y yo, ser tu poseedor y amante.

Y volvías a gemir.

Y yo, también.

Y eras tierra conquistada.

Y yo, el conquistador.

Silencio.

Explosión de color y éxtasis milenario.

Te regocijas en el placer.

Y el vaivén que sobreviene nos cabalga a los dos.

Y es tu sexo apretándome el que me sumerge en la locura.

Eres tú.

Y soy yo.

Porque tú eres mi todo.

Y yo para ti, un susurro vertido a la brisa del mar.